SEGUNDA PARTE: CURIOSIDADES DE LA NAVEGACIÓN.

LOS COLORES DEL AFECTO

29 DE SEPTIEMBRE DE 2022
María J. Mena

ODISEA sigue su camino. Poco a poco. Despacio. Como se hace o se ha de hacer todo lo que merece la pena. Cada vez nos visitan más lectores, tenemos más pedidos, realizamos más recomendaciones y nos sentimos más seguros y agradecidos. La incertidumbre sique acompañándonos, pero hemos descubierto que, en realidad, es un mito eso de que sea una mala compañera de viaje.

Además, se está convirtiendo poco a poco en un lugar de encuentro en el que se producen algunas situaciones curiosas. De hecho, ayer, al hilo de una de estas situaciones, recordé una anécdota que había vivido unos años atrás y me sorprendió comprobar la forma que tenemos de mirar, de ver, de observar, pero, sobre todo, de asimilar. Cómo transformamos la realidad cuando se entremezclan con ella los afectos.

Hace unos años, llevé a mi hijo al parque, como era costumbre. Mientras yo permanecía leyendo en un banco, él jugaba con unos amiguitos muy cerca de donde me hallaba. Desde mi posición podía escuchar sus conversaciones, aunque enfrascada en mi lectura, apenas prestaba atención, hasta que, en voz algo más alta, comentó a los otros niños: «Mi madre, sí. Esa es. ¿No la veis? La que está sentada en el banco. La del pelo negro».

Me sorprendió esa frase. Siempre he tenido el pelo oscuro, muy oscuro y no lo he teñido hasta entrada ya la madurez, cuando han comenzado a aparecer las canas. Cuando él nació, es verdad que mi color de cabello era negro, como él decía, pero luego fui modificándolo. No recuerdo la edad que él debía tener cuando empecé a hacerlo. Mi pelo fue primero de color caoba y después atravesó por distintas tonalidades de castaño claro. Hoy en día, creo que soy más rubia que morena, aunque todo depende de la época del año y de cómo se mire. Quizá sea un color un tanto difuso. Por eso, los amigos de mi hijo buscaban de forma insistente a una mujer que no existía, casi como si fuera una suerte de fantasma y el pobre no entendía cómo era posible que no fuesen capaces de verme.

Cuando el niño se acercó al fin donde me encontraba, sus amigos le dijeron sorprendidos que yo no era morena. De hecho, más de uno se rio. Él me observó confuso y contrariado, como si se hubiera dado cuenta en ese momento de ese detalle. Entonces, dijo: «Bueno, mi madre tiene el pelo de color… color… color raro».

Desde ese día, soy la mujer con el pelo de color raro.

También recordé otra conversación que tuve con mis hermanos mucho antes de tener hijos. No sé si he contado alguna vez, creo que sí, que mi padre falleció cuando yo tenía apenas trece años de edad. Durante el transcurso de un encuentro familiar, años más tarde de ese triste acontecimiento, como solía ocurrir cuando nos reuníamos, comenzamos a hablar sobre él y con curiosidad, le preguntamos a nuestra hermana más pequeña, con la que tanto mi hermano como yo nos llevábamos bastante diferencia de edad, si guardaba algún recuerdo sobre nuestro padre. Al contrario de lo que supusimos conservaba muchos. De hecho, contó alguna anécdota graciosa y lo describió como un hombre amable, cariñoso, simpático y de pelo gris. ¿Gris? Mi hermano y yo nos miramos sorprendidos. Es cierto que era amable y simpático, pero su cabello no era gris, era negro. Muy negro.

Por la noche, cuando volví a casa, busqué entre las fotos familiares y encontré una de las últimas que nos hicimos juntos. En ella aparecíamos mi padre, mi hermana subida en un pony y yo. Era la típica de un parque de atracciones o de algún lugar por el estilo. Se nos veía sonrientes y, en efecto, mi padre, en esa foto, lucía ya el pelo cano. Me maravilló darme cuenta de ello. Ni siquiera, fui consciente de ese cambio mientras vivió. Para mí, siempre fue un hombre joven, guapo, de brillante cabello rizado y oscuro. Muy parecido a Cary Grant. No sé por qué extraños mecanismos del pensamiento, no fui consciente de su transformación, ni de las secuelas que el paso del tiempo había ido produciendo en su físico.

La situación que se produjo en la librería y que me recordó estos sucesos tuvo que ver con algo similar. Durante la tarde, unos niños entraron a ODISEA buscando algún libro para leer. Tras revisar la estantería infantil, eligieron algunos y me pidieron que los dejara apartados, advirtiéndome que su padre vendría a por ellos más tarde. Ellos no podían llevárselo puesto que tenían prisa ya que tenían que jugar un partido y ya iban algo apurados de tiempo. Me dieron sus nombres y me describieron a su padre. «Un hombre alto y rubio. Vendrá seguro».   

El padre se presentó unos quince minutos después. Al verlo, pude constatar que era cierto que era alto, sí, pero no rubio. Ya no. De hecho, apenas tenía casi cabello.  

Cuando nos despedimos, le dije que sus hijos eran encantadores y que me habían hablado muy bien de él.

—¿Sí? ¿Y qué te han dicho?

—Que eras rubio.

Ambos nos reímos y el hombre se marchó prometiendo volver otro día, pero esta vez para buscar algo para él, sobre todo, algún libro con remedios naturales que mantuviesen por mucho tiempo el color de su cabello, al menos en lo que a sus hijos se refería.

Tras su marcha, entraron más personas que parecían una cosa, pero que luego, resultaban ser para sus seres queridos otra diferente y la tarde continuó avanzando con su particular visión de los colores, de los afectos y del mundo.

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